20 años después de su partida, Hubert Lanssiers sigue siendo un testimonio de humanidad con los que más lo necesitan
Lima, marzo.- El sacerdote belga, Hubert Lanssiers, entregó a lo largo de los años que dedicó al trabajo en prisiones, algo que pocos estamos dispuestos a compartir, su tiempo y su paciencia. Fue para miles de personas el amigo dispuesto a escuchar y entender, el padre amoroso que perdonaba sin juzgar, el defensor infatigable que nunca daba un batalla por perdida, pero sobre todo, el maestro tenaz que sembró en los corazones de los privados de libertad y de los marginados, la esperanza de un vida distinta. Este 23 de marzo se cumplen 20 años de partida (1929-2006), y su presencia, cálida pero enérgica, nos sigue acompañando. Acá te contamos más de quien fue. 

Lanssiers llegó al Perú en 1964 sin imaginar que, décadas después, su voz sería una de las más firmes en defensa de quienes nadie quería escuchar. Cuando asumió como capellán de prisiones, eligió no mirar desde lejos: entró a Lurigancho, a El Frontón, a Miguel Castro Castro, a Santa Mónica, y allí empezó a sembrar algo inusual en tiempos de violencia: esperanza.

El padre Lanssiers creía que la dignidad se construía desde el amor y la comprensión, desde el trabajo y la educación. Por eso impulsó talleres, promovió el arte, el estudio y el trabajo dentro de las cárceles. En 1997 fundó la Asociación Dignidad Humana y Solidaridad, la organización que continúa su obra y legado, convencido de que nadie está condenado a ser únicamente su peor error. “Entre la certidumbre de un estancamiento y la esperanza de caminar, escojo la esperanza”, repetía, como una declaración de principios.

En los años más duros del terrorismo, cuando el miedo y la desconfianza marcaban al país, Hubert Lanssiers decidió ponerse del lado de aquellos que habían sido acusados injustamente de terrorismo. Su labor en las cárceles peruanas lo convirtió en un referente en la defensa de la dignidad humana en el Perú.

En medio de este escenario, cuando bastaba una sospecha para perder la libertad, Lanssiers no se limitó al consuelo espiritual. Tocó puertas, dialogó con autoridades, incomodó a más de uno. En 1992 asumió la presidencia de la Comisión Gubernamental de Diálogo con los Organismos de Derechos Humanos y contribuyó a que alrededor de 1,200 personas con condenas injustas recuperasen su libertad.

Años después, desde la Comisión Ad Hoc de Indultos, volvió a insistir en revisar casos marcados por procesos sin garantías, logrando nuevas liberaciones. Para él, la justicia no era un discurso: era una tarea urgente.

Dos décadas después, su figura nos sigue interpelando, su voz nos recuerda que somos un país que sigue buscando justicia, respeto a la dignidad humana y la reconciliación. Su mensaje no se apaga ni envejece: no habrá paz verdadera mientras no se reconozca la dignidad inalienable de cada persona. “Los dientes del dragón”, el libro que recopila muchos de sus escritos y reflexiones, es a la vez, una crítica sólida a la indiferencia y una invitación a creer en el ser humano.

Para celebrar su encuentro con Dios, este lunes 23 de marzo a las 7:00 pm, en la parroquia de los Sagrados Corazones Recoleta, en Plaza Francia (Centro de Lima), se realizará una misa abierta al público para recordar que, incluso en los momentos más oscuros, siempre existe la posibilidad de elegir el camino de la esperanza.

El sacerdote belga, Hubert Lanssiers